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Nuestro inmaculado presidente, rodeado de su cohorte de corruptos, está preocupado, como el resto de sus colegas latinochés, por la suerte de Trump, el antagonista que le mantiene en el candelabro de sus expectativas electorales españolas.

Qué sería del presidente Sánchez sin un Trump a quien denigrar. Algunos quisquillosos dicen que debería ocuparse de los asuntos de su propio país en lugar de volar día sí día no en el Falcon (el día que no vuela descansa en la Mareta o cualquier otra mansión patrimonial), pero eso, además de aburrido, ya no le da votos, sino todo lo contrario.

El prefiere que los asuntos internos se arreglen solos o, simplemente, delega en alguno de la cuadrilla. Lo hace al menos hasta que se descubre que sus brazos derechos están de corrupción hasta el occipucio. Lo suyo son los grandes asuntos internacionales: Trump. Trump y, de vez en cuando, Netanyahu, una pizca de Delcy y otra de Maduro, Petro y compañía, ejemplares demócratas.

Así vamos tirando y esperamos. Esperar es nuestro destino. Esperamos, sin desesperar, que nos aclare quién fue el responsable del apagón del año pasado, de los muertos en el accidente de tren, esperamos tantas cosas.