
Ahora que todavía resuenan los ecos mediáticos por la muerte del periodista Fernando Ónega, todavía es más descarnada la escasa reacción que se ha producido en los medios españoles tras el fallecimiento días atrás del también periodista y escritor Gregorio Morán (Oviedo 1947-2026). Como de costumbre se ningunea a los mejores –y sobre todo a los independientes– en favor de los sumidos y acomodaticios. Este es un asunto que no parece tener remedio y que, probablemente, irá a peor.
Solía leer los artículos de G. Morán en The Objective y antes en otros medios. No siempre estaba de acuerdo con sus opiniones pero todos sus escritos eran interesantes, honestos, bien documentados y valientes. No tenía costumbre de casarse con nadie aunque, por lo general, tiraba más hacia la izquierda.
El primer libro suyo que leí fue Euskadi, 1937-1981, los españoles que dejaron de serlo. Este libro me dejó un buen recuerdo porque era atrevido y contaba cosas –sobre el Pnv, sobre Eta y sobre Neguri– que yo desconocía.
Luego cayó en mis manos Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, donde le da un repaso muy crítico a la actitud política del filósofo y a su relación con el entorno cultural franquista. También se ocupa de la cultura oficial de la dictadura y de las peleas entre falangistas y orteguianos. Asuntos muy amenos para los que hemos vivido esa época.
El último libro suyo que disfriuté fue El cura y los mandarines, subtitulado Historia no oficial del bosque de los letrados. El cura es el jesuita Jesús Aguirre, escritor y editor de gran influencia en los mentideros culturales españoles, sobre todo socialistas. Morán sigue la peripecia vital de Aguirre, que terminó convertido en Duque de Alba por vía matrimonial. Hace un retrato suyo muy divertido, lo mismo que de otros contemporáneos más o menos satélites del poder socialista.
Las gotas de acíbar de Gregorio Morán eran antológicas. Chapero de la literatura le llamó a Umbral. Qué valor y qué poco habitual meterse con las vacas sagradas de la cultura oficial.