
Hay que felicitar a Jordi Pujol. Lo ha conseguido. Robar durante cuarenta años, hacer una confesión en toda regla y ahora, después de doce años sin que los tribunales consigan enjuiciarlo, ha sido eximido por la Audiencia Nacional. Esto es un nivel, esto no está al alcance de cualquiera.
Y durante este tiempo recibe un homenaje tras otro, es agasajado aquí y allá. Robas y te abracen. Robas y te lo agradecen.
Aquí los grandes delitos –corrupción, terrorismo…– tienen un prestigio, un aura.
Aquí no es que haya dos varas de medir, es que sólo hay una, la que mide a los pequeños, a los mediocres, a los pringaos.
Los capitostes, sobre todo aquellos relacionados con la política, tienen bula, tienen fuero, tienen prebendas, tienen forofos que les encumbran, jalean y protegen.
Ahora don Jordi tiene que ser limpiado de esas máculas del pasado, tiene que disfrutar de la memoria histórica, tiene que prepararse –cuando le toque– para recibir funerales de Estado.
Don Jordi ha entrado en el Olimpo catalán y también en el español. Mal que le pese.