Seleccionar página

El tráfico se ha multiplicado al mismo ritmo que el calor.

Los turistas, además, tienen prisa, pero Hendaya es un lugar pequeño y complicado para conducir.

A ellos les da igual. Ello pagan por sus vacaciones y se creen con todos los derechos.

Hay que tomárselo con calma, aún con más calma de lo habitual.

Sólo tenía dos gestiones en Irún, pero me ha llevado el resto de la mañana.

Adiós a la playa, adiós a mi baño.

He terminado con la cabeza resacosa.

Todo es más incómodo y complicado cada día.

La burocracia nos devora.

He intentado ayudar a un portugués, de mediana edad, que tiraba de su equipaje.

Busca un lugar «social» donde le den algo de comer.

En google no encuentro nada. Entonces recuerdo un convento aquí al lado.

En Portugal ha escuchado en la televisión que en España le dan 1500 euros al que venga.

Varios miles han salido del país. Expulsados, dice él.

Qué forma de engañar a la gente para quitárselos de encima.

Le digo que es un bulo, pero no me cree.

No sé si sabe lo que es un bulo.

El, por su parte, está de regreso a su país, a «su casa». Parece muy desengañado.

No sé si le darán algún bocadillo en el convento. Antes lo hacían.

De camino hacia mi moto lamento no haberle dado algo de dinero,

pero ya es demasiado tarde y mi cabeza todavía está aturdida por las gestiones burocráticas.

Sorteo el tráfico y me acerco hasta la orilla del río. Aún tengo media hora.

Camino un poco hasta un lugar despejado. Contemplo el agua, extrañamente calmada, henchida, como si estuviera estancada.

Respiro un poco de paz.

El calor aprieta pese a que nubes tenues protegen del sol del mediodía.

Desando mis pasos.

He llegado a casa agotado.