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La aglomeración de turistas en los accesos no induce a pensar que vaya a ser una visita tolerablemente tranquila pero, una vez en el interior, ocurre que el espacio es tan amplio  y extenso que la masa se diluye. Ocurre también que la mezquita –pues de entrada sientes que estás en una mezquita– te absorbe de tal manera que uno se medio olvida del gentío.

Hay como una condensación histórica y artística que te lleva en volandas –al menos en una primera visita, que de ninguna manera es suficiente– de un detalle a otro.

Es de los pocos lugares que conozco en el que el sincretismo religioso es tan potente y, a la vez, se produce una sana competencia entre el Islam y el Cristianismo.

La sensación de estar en un museo, sin embargo, no te abandona. Un museo de enorme calidad, desde luego.