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He estado a punto de abandonar por la mitad la segunda temporada de la serie Landman (Movistar), de la que es cocreador el gran Taylor Sheridan. Tras pensarlo unos días la he retomado, pero me salto todas las escenas en las que aparecen tres de protagonistas femeninas. La razón es muy sencilla: no las soporto.

Landman, que se desarrolla en los pozos petrolíferos de Texas, nos muestra la actividad de las empresas y consorcios que los explotan. Es un mundo interesante y, sobre todo, curioso. Es un mundo aparte, muy americano, que tiene una serie de peculiaridades que lo hacen único.

Pero la serie tiene un problema que se me ha vuelto  insoportable y que me obligaba, por puro rechazo, a saltarme un montón de escenas. Se trata de tres personajes femeninos que me superan. Por orden de desagrado: la esposa del protagonista, su hija, y la novia del hijo.

Las dos primeras son unas pijas parásitas tan exageradas que uno no termina de creerlas. La tercera, más llevadera, es una joven mejicana, viuda con un hijo pequeño, de la que se enamora el hijo del protagonista

El marido y protagonista –un muy correcto Billy Bob Thornton–, resulta ser un títere en manos de su esposa, y un astuto gestor de una empresa petrolífera. Un tipo estoico, alcohólico que sólo bebe cerveza y fuma con fruición. Sabe que se está matando pero no parece importarle demasiado. Es un personaje que gana en grandeza a medida que transcurre la serie.

Por su tuviera poco con el trabajo estresante, con la mujer y la hija deleznables, pero a las que quiere, se le viene encima un padre de lo más peculiar.

La tercera en discordia, la mejicana, tiene una empanada mental que sirve para enloquecer al hijo del protagonista, que lleva todo el camino de repetir la personalidad del padre. En fin, no voy a entrar en más detalles.

Lo que no entiendo es que Taylor Sheridan, creador de series tan notables como Yellowstone, 1883 y 1923, ponga su firma debajo de personajes como los que en Landman aparecen. Bueno, sí lo entiendo. Todos los creadores tienen días malos. La excelencia permanente no es de este mundo.