
La lluvia y el frío han espantado a los turistas navideños, los primeros del año y los últimos del año anterior, esa plaga que ya se ha hecho endémica entre nosotros. Aprovechando esta feliz circunstancia, voy a dar un paseo por la bahía. Seguro que habrá poca gente y podré disfrutarlo como, por una u otra circunstancia, hace semanas que no puedo.
En cuanto aparco el vehículo y activo los auriculares, cruzo la carretera y me detengo en la rampa del embarcadero para contemplar a las aves y empezar a escuchar a la cantante portuguesa Carminho, que acabo de descubrir y que me tiene fascinado. Qué bien acompaña la llovizna a sus canciones.
La luna llena, la primera del año, ha traído una bajamar profunda, que ha dejado al descubierto los limos de la bahía. Es un festín para las aves que viven por aquí: gaviotas grandes y pequeñas, patos, garcetas, garzas reales, vuelvepiedras, cormoranes. Andan todas revueltas en la boca del desaguadero.
La retirada de las aguas ha dejado al descubierto los fondos y los arenales de la bahía, un extraño paisaje desértico y húmedo con la silueta medieval de Fuenterrabía circundada por una pequeña franja de mar y por la niebla que oculta la cima del Jaizkibel.
De camino hacia el puerto de Caneta veo en el suelo el cadáver aplastado de una lombriz de tierra.
Pobre lombriz,
incitada por la lluvia
se había animado a abandonar la tierra.
Estirada cuan larga sobre el asfalto,
creía haber encontrado su paraiso,
pero era sólo la muerte quien le esperaba.
Me adelanta algún paseante, varios corredores pasan veloces. Yo me detengo aquí y allá. A veces para tomar una foto o para saltar alguna canción de mi móvil. Otras veces para observar a algún pajarillo que merodea entre los guijarros de la orilla buscando su minúsculo alimento. Miro aquí y allá, veo algún detalle que me interesa. Son las ventajas del caminante, algo que le está vedado a los deportistas, a los corredores. Un paseante como yo no tiene nada de deportista, aunque haga algo de ejercicio, más bien poco.
En la pequeña barca azul, anclada frente a los restos de la muralla hendayesa, hay dos grandes cormoranes descansando. Uno de ellos despliega sus alas y las bate para secarse de la última inmersión. Desde mi puesto no puedo alcanzarlos con el móvil. Siempre me digo que debo traer mi cámara, pero siempre la olvido, o me da pereza cargar con ella. Ya estoy resignado a conformarme con ver desde lejos a mis admirados reyes de la bahía. Sólo los más grandes parecen tener libre acceso a la barquita azul. El resto debe descansar en otros lugares menos dominantes.

El camino de ida es agradable porque no llueve y tengo el aire de espaldas. Cuando regreso sobre mis pasos la cosa cambia porque el aire me viene ahora de frente y es muy frío. Pese a ello me detengo para observar a un cormorán minúsculo que practica sus primeras inmersiones, pero no me entretengo demasiado porque el frío acecha y no quiero llegar tarde a la comida familiar.
Para combatir el aire abro mi paraguas y lo oriento contra el viento, pero el efecto es apenas perceptible, así que me resigno y lo cierro. Cuando llego a la primera rampa el número de aves se ha multiplicado. Pero mi paseo ha terminado y el álbum de Carminho también. Llevo los ojos humedecidos por culpa de esta música que tanto me emociona. Espero que no se me note demasiado. Siempre puedo alegar que la culpa ha sido del viento.