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En dos o tres ocasiones estuve a punto de ir a verla a una sala. Afortunadamente no lo hice. La veo ahora en la tablet, en tres sentadas, clara señal de escaso entusiasmo.

Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, debería haberse titulado Una chorrada tras otra. Leo que ha recibido varias nominaciones a los Oscars. Vaya nivel. Dicaprio es un actor que no me entusiasma, más bien me deja indiferente cuando no me cansa. Y del histrionismo de Sean Penn mejor no hablar, con ese papel tan desquiciado que tiene.

Estaba dispuesto a meterme en una sala de cine, algo que suele darme mucha pereza, porque había visto algunas películas de este director que no estaban mal. Sobre todo Boogie Nights, Magnolia y The Master.

Me ocurre con las películas corales, como las que practica este señor, que suelo perderme en los argumentos. Prefiero las historias más sencillas y centradas. Más de un héroe por ficción ya es demasiado para mí.

Esta peli es una supuesta sátira sobre los revolucionarios yankis de los sesenta y su lamentable evolución. Se desarrolla a lo largo de dos horas y media; demasiado larga, aunque tiene algunos destellos interesantes.

El problema es que carece de gracia, al menos para mi gusto. Este argumento lo cogen los Cohen y lo bordan. Pero es una obra muy decadente. A tono con los tiempos.