
Había visto, a trancas y barrancas, El caballo de Turin, una las películas de este director húngaro, Bela Tarr, recién fallecido. Sin restarle mérito como cine de denuncia, ni como obra artística, me resulta demasiado sórdida.
Ahora estoy viendo El hombre de Londres, famosa entre otras excelencias por su largo plano secuencia inicial. Lo hago despacio, sin prisa, haciendo honor al estilo de este hombre. Pero confieso que lo hago por justicia poética y que me aburro bastante.
Es triste que tenga uno que morirse para que la gente nos interesemos por una obra artística. Pero es el signo de los tiempos: hay demasiada oferta en el mercado que te roba mucho tiempo y energía. La muerte te sitúa, por unos días, en el fulgurante campo de la oferta mediatica.
También indica el desprecio de la sociedad actual por la cultura. Apenas cuenta otra cosa que el entretenimiento y la diversión.
El caso es que han pasado ya varias semanas y no encuentro el momento de terminar de ver El hombre de Londres. Esa lentitud no es de este mundo. No lo es al menos de nuestro mundo actual.
Una cosa es segura, la novela homónima de George Simenon en la que está inspirada la película, tiene un ritmo más llevadero que esta cinta.
Para cuando quiera retomarla la habré olvidado y tendré que empezar de nuevo por el principio. En resumen, me encanta ver diez minutos del cine de este hombre, pero más me resulta imposible. Un claro síntoma de déficit de atención, según dicen ahora de los adolescentes. Igual habría que aplicarlo también a los veteranos versus viejos.