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Salgo muy decepcionado de la exposición de Georges Baselitz (Alemania, 1938) en el Bellas Artes de Bilbao. Se trata de una retrospectiva de su trabajo de la última década, es decir, de su vejez. Como muestra de la decadencia de un pintor está bien, pero nada más. Si los museos no tienen nada menor que ofrecer…
Conocí la obra de Baselitz hace 20 o 30 años, cuando frecuentaba la biblioteca de Arteleku, donde me hice un auto master en arte contemporáneo. Me gustó de inmediato, pese a que sus cuadros presentaban un problema insalvable: el pintor siempre los presentaba boca abajo. Me pareció una extravagancia propia de un artista engreído, así que me limitaba a darle la vuelta al volumen que consultaba. Lo disfruté mucho.
Ahora acudo al Bellas Artes para ver el medio centenar de piezas de gran formato que componen esta muestra. Por primera vez en la realidad y no en el papel impreso. Tremenda decepción. El pintor sigue con su manía de darle la vuelta a los lienzos y aquí no hay manera de enderezarlos.
Aquí y allá hay destellos del que fuera un gran pintor: pinceladas estilosas, armonías de color, una cierta viveza…, pero poco más. El aburrimiento predomina y no me explico cómo se expone semejante obra con tanta alegría y confianza.
Antes de irme contemplo un video en el que se entrevista al viejo pintor. Tiene ahora 87 años y se mueve en una silla de ruedas. Escuchándole empiezo a entender un poco. El hombre no quiere dejar de pintar –lo que me parece bien– pero tampoco quiere dejar de exponer –lo que ya me gusta menos, aunque él qué culpa tiene de que los museos y el negocio del arte contemporáneo continúen «comprando» su obra.
Siempre me he preguntado si a la hora de ejecutar sus lienzos el pintor empezaría a pintarlos por los pies, pero no. En realidad pone el lienzo en el suelo y él se limita a girar en torno al soporte. Ahora lo hace en una silla de ruedas. Ese es todo el misterio. Para qué seguir…