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Hacia el mediodía, la hora de mi paseo cotidiano, el gran cormorán suele descansar en una pequeña barca azul anclada en la bahía. Es una barca que nadie utiliza.

Me gusta verlo al pasar, pero nunca alcanzo a fotografiarlo. Tendría que sacar mi cámara con teleobjetivo y eso es algo que hace ya bastante tiempo que no hago. Me he dejado arrastrar por la comodidad del móvil y con el móvil no alcanzas más que unos pocos metros.

El cormorán, de buen tamaño, pasa horas en ese descansadero. Al regreso de mi paseo ahí sigue, en el mismo lugar, en la misma posición.

De vez en cuando se da una vuelta por los alrededores para pescar su comida. Luego vuelve a la barca azul.

Me gusta mucho observar a los cormoranes. Son gente muy aristocrática, que, aunque comparten los amplios espacios de la bahía, no se mezclan con nadie, mucho menos con las gaviotas que menudean por aquí. La mayoría vuelan y pescan en solitario, aunque a veces también se les ve emparejados.